life time – line

Magaly Espinosa

La instalación es uno de los procedimientos constructivos más utilizados en el arte contemporáneo. Ello se debe a la facilidad que brinda al creador para conjugar en una misma obra, cruces morfológicos de géneros, estilos y corrientes artísticas, a través de los cuales se promueven contenidos de diverso origen y carácter, en el sentido social y cultural.
En esta nueva dimensión de lo artístico, el espacio asume el papel protagónico como eje conductor del significado de la obra. Su principal recurso consiste en movilizar valores estético-artísticos que se entrelazan, haciendo emerger los sentidos más diversos, las sensaciones más variadas, desde encuentros visuales generalmente inesperados.
Ello permite que en la propuesta de este dueto, el espacio sea presentado como algo más que el marco referencial de la pieza, pues en su terreno transcurre el activo diálogo de desplazamientos, encuentros y huidas que transforman las apariencias de lo que usualmente se le muestra al espectador.

En dicha propuesta, el desplazamiento incesante de los personajes desde las proyecciones de la cámara, la incertidumbre del suceso y el sonido ambiente, completan el montaje de un posible entrenamiento que está siendo observado y perseguido sin que sus ejecutores se percaten de ello.
Tal observación lleva al espectador a participar en un juego de apariencias que trastocan su habitual sentido del tiempo, como pasado, presente y futuro, ya que todo se desarrolla en un presente interminable y cíclico, sin puntos de referencia, límites o una clara conciencia de lo que se narra en acciones entre ingenuas e imprecisas.
Este juego simulado, ejecución física o huída, entremezclan un conjunto de niveles textuales diferentes, que van desde la mesa sobre la que se proyectan las imágenes, hasta el sonido y el espacio en penumbra que los acoge.
Estos elementos están interconectados, su dialogisidad transcurre en un devenir que envuelve un tiempo indeterminado y un espacio en penumbra.

En un primer nivel de lectura aparece la mesa de ping pong sobredimensionada en su longitud y disminuida en su altura, la que el espectador irá descubriendo en la medida en la que la intermitencia de las proyecciones se lo permita.
En otro nivel se nos presentan las luces en un doble movimiento: cuando se proyectan sobre el tablero y el que está contenido en su interior. En ese doble movimiento las figuras de las artistas pueden ser observadas haciendo ejercicios o escalando, en una trayectoria sin dirección, girando las imágenes en una constante rotación sobre sí mismas.
Por último, la textualidad que emana de los sonidos, es también de carácter dual, pues recoge el golpear de las pelotas sobre el tablero y la respiración humana que imita la agitada respiración que provoca el esfuerzo físico.
El espectador cuando aprecia la obra resume los diferentes textos que la componen, se acerca al falso juego, a los indefinidos movimientos, desde su posición de observador en perspectiva superior, lo que puede hacerle asumir la posición de un vigilante o un censor, que no permitirá que todo vaya más lejos de ser un simple juego físico.
El carácter intertextual propio de las instalaciones, la frialdad que implica la prioridad de lo espacial en la conjugación de los elementos que la integran, es superada en esta propuesta por la ambigüedad de su contenido –trasmitir la inseguridad que conlleva la posibilidad de la constante vigilancia- despierta sentidos encontrados de protección y miedo, confianza y recelo.

De esta muestra, nos queda como deseo inconcluso el interés de que en otras versiones de la pieza se haga posible apreciar más dibujos. La habitual bidimensionalidad de estos resume en una sola mirada el tiempo cíclico de las proyecciones, aunque en ellos también la narración es incompleta.
La disposición al juego se concentra en planos compartidos, tratando de competir con el sentido dinámico de las proyecciones, sin embargo, aunque esta competencia es desleal, apreciándolos nos sentimos más cerca de los personajes de la obra, y a pesar de que parece repetirse la anécdota, esta forma de solución visual humaniza la circunstancia indecisa que transmite el contenido de la obra.
La intermitente relación entre el juego virtual y lo que realmente está sucediendo en las proyecciones nos acerca a una ingeniosa forma de cuestionar la observación sobre lo privado, pues sabemos que queda poco espacio para la privacidad, el libre transcurrir, los asaltos a la vida, el retozo y el goce del movimiento.