Jesús Gironés

Bettina Geisselmann consigue en su obra un juego entre forma y contenido que ella sitúa cerca del filósofo Vilem Flusser (Dinge und Undinge, 1993) pero la suya no es otra que la lucha entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Forma y contenido, o mejor placer y medida.

“Bueno es saber que los vasos nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qué sirve la sed”,
canta con Antonio Machado.

Como todo arte surgido de la pasión, del juego de los contrarios, de la ambiguedad. Sus botellas no son lo que parecen, esconden mucho más. Son un laberinto de espejos: el hielo rojo y la sensualidad.

Es el deseo que alimenta los sueños. Y a la vez se muestra en su esencia, pura forma, pura revelación. Tan frágil. Es también memoria helada, la imagen que permanece, el instante congelado, la desnudez de la fotografía. La vida cabe en una botella. Del mensaje del naúfrago hacia lo desconocido al aliento de la conversación y el conocimiento.

Hay un erotismo en sus imágenes, una forma de preguntar. Un atardecer en un mundo hecho a la medida del creador. Como huellas de lo que fué. Como un esqueleto del alma. Nosotros fuimos y nos reconocemos en la arquitectura de nuestras pasiones, de nuestras dudas. Hay algo mágico en ello. Hay también algo terrible. Es la belleza una extraña sombra en la memoria. El paraíso estaba ahí.

La fotografía permite lo imposible. Escribía Auden que es un invento aún más terrible que el automóvil. Hay cierta voracidad en el saber disfrutar, en el comedimiento. Como edificios del alma, la ciudad de Bettina Geisselmann habla de nosotros. Ella ha sabido elaborar una metáfora de la vida y el deseo, de la contradicción que incluso imperceptiblemente nos va moldeando. Esa sombra, ese frío: belleza.