Jesús Gironés

 

 

 

Hay en el trabajo de Bettina Geisselmann algo de utilizar la fotografía como un juego, de explotar y explorar sus posibilidades. Ya que todo es un juego de apariencias, juguemos.

¿Cristal o hielo? ¿Cálido o frío?

¿Sensual, luminoso, opaco, traslúcido…? Un juego de luz, al fin y al cabo.

Geisselmann experimenta constantemente, sus ideas aparecen fulgurantes y se lanza a la no siempre fácil materialización. Bettina, que estudió económicas, tiene la fuerza de otras artistas alemanas/ españolas que he conocido, como Ute Gadner.

Mediterráneas y sensuales, una vitalidad pre-Bismark. Esa mente con un poso muy racional y a la vez muy intuitivo. Ibiza o Cuba son fundamentales en su formación y actividad. Hay también una pulsión por descubrir, por crear, por imaginar, por controlar. Su mente va por delante de sus sueños, y en esa tensión están su fuerza y su debilidad.

Recuerdo una de sus instalaciones, que consistía en una serie de piezas de hielo, cada una, una letra, que construían la frase te amo.

Duró apenas unos minutos antes de romperse, como mínimos iceberg desgajándose, como destellos de alud. Mientras aquel te amo se rompía, alguien gritó: “Alucinante, el amor roto, como la vida misma”.