horizontes transitables
horizontes transitables
“Horizontes transitables”, en “¿Fronteras?”, Museo Patio Herreriano, Valladolid
“Transitable horizons”, in “Borders?”, Patio Herreriano Museum, Valladolid
horizontes transitables
horizontes transitables
La instalación “Horizontes transitables” plantea una reflexión sobre el concepto de frontera en el espacio de la Unión Europea. Las fronteras tanto interiores como exteriores. Las vigentes y las latentes. Las administrativas y las culturales. Las objetivas y las subjetivas. Una estancia conformada por piezas de vidrio, que permite transitar desde la memoria a los anhelos de futuro, y que nos interroga al mismo tiempo, en un juego de transparencias, sobre sus límites y su permeabilidad, como reflejo de nosotros mismos.
En este trabajo, la idea de la frontera se materializa en líneas que flotan y abrazan diferentes partes de territorio. El espectador puede introducirse y transitar en un espacio por el cual se despliega una serie de vidrios suspendidos del techo, que representan diferentes fronteras que se han creado y han cambiado en los mapas de los países de la actual Unión Europea a lo largo de la historia. Las fronteras quedan dibujadas con soldadura de estaño, la cual une fragmentos de vidrio (técnica de tiffany) y mediante huellas impresas en el propio material (técnica de termoformado).
Dependiendo de la posición del espectador, las diferentes piezas que componen la instalación pueden percibirse como un ente orgánico, mutable, cuyas partes se enlazan formando un todo… Este efecto de unión y continuidad, se altera cuando la instalación es transitada y se aprecian las diferentes partes, sugiriendo la posibilidad de lo interminable, sujeta a un constante cambio. Las fronteras, aquí desprovistas de orden espacio-temporal, nos revelan igualmente las ambigüedades de nuestra posición ante la realidad, ante la historia y ante nosotros mismos.
La integración de la historia como elemento orgánico en constante transformación, es una de las constantes en mi trabajo. En otras series creo, a partir de fragmentos de vidrio, formas nuevas y recomposiciones inspiradas en la técnica japonesa del “kintsugi”, empleada para arreglar roturas. Su filosofía plantea que las fisuras y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia.
B.Geisselmann
¿Fronteras?
La segunda mitad del siglo XX fue un ejemplo de unión entre naciones y fin de las fronteras. Y a eso ayudó el desarrollo de la globalización, la transformación digital y la aparición de nuevas tecnologías.
Pero en este siglo XXI parece que hemos vuelto al pasado. Es paradójico que estando en el momento más digital y tecnológico de la historia, estemos más separados de lo que nunca antes hayamos estado. Tan sólo hay que abrir los periódicos para leer noticias sobre movimientos nacionalistas, líderes xenófobos, muros entre países o rechazo de inmigrantes. Como firmó Ferran Montesa (de ‘Le Monde Diplomatique’), “hoy seguimos hablando de esa aldea global, pero lo cierto es que hay más fronteras que nunca. En pleno siglo XXI, se construyen más muros de contención de los que jamás habían existido.” En este mundo hiperconectado, han vuelto las fronteras y parece que quieren quedarse.
En un contexto como este, se inaugura la primera Exposición Dual de la Red de Ciudades CreArt en la Sala 0 del Museo Patio Herreriano. Con el título ¿Fronteras?, la exposición presenta obras realizadas por Bettina Geisselmann y Ana Kovačić que reflexionan sobre cómo las fronteras nos afectan a nosotros y a nuestro entorno desde puntos de vista distintos.
Geisselmann, alemana de nacimiento pero residente en Valladolid, presenta la instalación Horizontes Transitables. Compuesta por 28 vidrios colgados del techo, la obra es una oda a las fronteras existentes en la actual Unión Europea y cómo estas han cambiado a lo largo de la historia. Su planteamiento es interesante. Cada una de las piezas de vidrio tiene marcados dos elementos visiblemente diferenciados: por un lado la frontera de algún país europeo en un momento histórico específico (dibujada con soldadura de estaño); por otro lado unas huellas más tenues presentes en el propio vidrio que representan fronteras aún anteriores de ese país. Todos esos trazos parecen cicatrices que han sido curadas y que, de alguna forma, forman parte de la anatomía de la Europa que hoy conocemos.
Si vemos toda la instalación desde fuera, como un conjunto, da la sensación de que vemos un mapa global del continente, sin orden espacio-temporal, en el que se respira continuidad y unión. Pero si andamos entre las piezas, nos convertimos en viajeros que pueden ver de cerca todas esas heridas pasadas (y ver no sólo cómo estas afectan al territorio -representado por el vidrio-, sino como afectan al resto de personas que caminan entre la instalación y cuya silueta se refleja en cada pieza). Lo bueno es que gracias a esa cercanía podemos darnos cuenta de la fragilidad simbólica de las fronteras que nos dividen: aunque la instalación parezca dura e impenetrable en su conjunto (representando la aparente resistencia de Europa), cada pieza está hecha de materiales delicados que en cualquier momento podrían romperse y estallar en pedazos.
La croata Ana Kovačić, por su parte, presenta en esta exposición su vídeo “Where is home”, que recoge testimonios de emigrantes croatas que cruzaron sus fronteras rumbo a Alemania en busca de un futuro mejor. La artista ha sido capaz de captar con su cámara la dualidad en la cual se encuentran muchos de estos emigrantes: quieren adaptarse al país en el que se encuentran sin olvidar la cultura de aquel lugar en el que nacieron. Eso provoca una serie de problemas evidentes: en primer lugar sufren diferencias generacionales (a los más mayores les cuesta integrarse mientras que los más jóvenes son ya parte del nuevo mundo); en segundo lugar padecen los rechazos sociales (para los locales no dejan de ser extranjeros que vienen de fuera y para sus amigos de la infancia son aquellos que se fueron y les dejaron atrás); y en tercer lugar conviven con sus conflictos interiores (muchos se debaten entre sus deseos actuales de mejorar en un país extranjero y los recuerdos pasados del territorio que les vio nacer y al que les gustaría volver). Esos problemas generacionales, sociales y mentales no son más que otro tipo de fronteras que, al igual que las fronteras físicas, crean cicatrices en las personas difíciles de borrar.
Ambas obras terminan de alguna forma dialogando para mostrar a los visitantes como las diferentes fronteras existentes (las geográficas, las sociales, las mentales y las generacionales) dejan cicatrices imborrables en los ciudadanos que las habitan. Nuestro pasado y nuestro presente, nuestra memoria histórica y nuestras vivencias actuales, marcan nuestra forma de relacionarnos con el mundo.
Naiara Valdano
Comisaria de la exposición
Vista instalación en “¿Fronteras?”, Museo Patio Herreriano, Valladolid
View of installation in “Borders?”, Patio Herreriano Museum, Valladolid
líneas intangibles
Instalación, vídrio termoformado y soldadura de estaño y cobre, medidas variables
«Memoria, espacio íntimo»
II Encuentro de Creación Contemporánea y Medio Rural
En el lavadero de San Román de Candamo
Asturias | 2019
La doble consideración del agua como recurso escaso y factor geográfico, ha tenido históricamente un carácter determinante en la definición de fronteras y flujos migratorios. Elemento vital que ha marcado los asentamientos poblacionales desde los orígenes de la humanidad, la gestión de su escasez plantea en la actualidad líneas de separación intangibles, que generan nuevas brechas sociales en la era de la economía trasnacional.
En esta obra, la idea de frontera, desprovista de orden espacial, se materializa en un mapa orgánico que muta dejando huellas y cicatrices. La instalación, integrada por una serie de piezas de vidrio suspendidas del techo de un lavadero público antiguo en la localidad de San Román de Candamo, plantea una reflexión sobre el agua y las migraciones. Una topografía caótica y fragmentada que interroga, en un juego de transparencias, sobre la permeabilidad de las fronteras y la articulación unidireccional del poder sobre los territorios.
– B. GEISSELMANN
Néxodos, salida de emergencia
La plataforma artística de San Román de Candamo como experiencia para reformular el paradigma artístico contemporáneo y los peligros de su definición
ELANUARIO | número 2 | año 2020
Pablo Luis Álvarez
Desde hace ya varios años, el crítico cultural Suhail Malik ha venido abogando para que el arte tenga una salida efectiva – en inglés, exit , palabra que él opone a escape , “huida” – del arte contemporáneo mismo. Con este contrasentido, la salida del arte del arte contemporáneo, Malik sostiene que para poder salvarse, para poder salvarnos, el arte tiene que salirse de sí, abandonar las estructuras hegemónicas que lo gobiernan, que lo posibilitan y que lo distribuyen para ir en busca de otros paradigmas. De lo que dice se desprende que, en esta salida, uno puede recurrir a todos los instrumentos con que cuenta el peregrino para realizar su andadura. No sólo se trata de irse, sino también de desbrozar la senda, tomar otros caminos, saltar obstáculos e incluso ocultarse si es necesario.
Al dejar atrás 2019, es fácil darse cuenta de que una crítica o una urgencia similar parece estar permeando ese arte contemporáneo del que deberíamos marcharnos según Malik. Es en ese año que se publica también la última antología del CCS Bard, Curating After the Global , convocando como en un sínodo a artistas y comisarios de todas partes del mundo para pensar estrategias de ruptura con el imperio de lo global. Al tiempo, Whitechapel Gallery y el MIT continúan con la publicación de su serie Documents of Contemporary Art, editando esta vez Rural, monográfico que apunta también hacia el afuera de la globalización y pone la vista en el campo como portal de salida, intentando alejarse de concepciones pastorales o de intervenciones que sean un mero picnic. Ambas publicaciones ratifican lo que sin duda ya era un interés emergente desde hacía años al tiempo que sitúan su contenido en el acervo crítico de las prácticas artísticas actuales. Como sucede siempre, si esta preocupación se debe a un redescubrimiento del exotismo proveniente de lo local y de lo rural o se trata más bien de una experiencia auténtica –¡qué palabra!– es una cuestión que ocupa con gravedad a quienes elaboran estas reflexiones.
Y sin embargo, todo lo dicho hasta aquí debería ser irrelevante. Es, en realidad, una técnica de legitimación. No solemos darnos cuenta de su presencia porque estamos acostumbrados a utilizar explicaciones historicistas, o mejor, “referenciales”, cuando se escribe y se lee sobre arte en cuanto que proyecto particular, como si la propia especificidad del proyecto a reseñar no nos sirviese para reflexionar sobre su funcionamiento en el mundo. En esta ocasión, al hablar de Néxodos, una propuesta artística que abiertamente se sitúa en la periferia del arte, corremos el riesgo de devolverla al centro de la metrópolis con el ejercicio mismo de la escritura.
Néxodos, su nombre nos lo dice, está fuera, en un éxodo que es retorno al lugar del que vino (San Román de Candamo, lugar que difícilmente recogen los mapas centrales del arte contemporáneo); y además hace vínculo, está, digámoslo así, en retícula, está-en-enlace.
Es en esta doble condición, que le es propia y que no tiene que recurrir a un contexto legitimador e historizante, donde radica lo que Néxodos ha sido, lo que es y lo que podría ser. Se podría dar aquí una definición aséptica, decir que Néxodos es un colectivo de artistas y otros habitantes del arte, y que es una plataforma de creación artística nacida en 2017 y que, desde Asturias, ha trabajado también en otros lugares. Con una definición así, se situaría a Néxodos dentro de la taxonomía que utilizamos para hablar tanto de como en el arte contemporáneo. Sin embargo, los componentes en que su propio nombre se desglosa –nexo, nodo, éxodo– apuntan hacia una indecibilidad, una dificultad al presentarlo, que quizás sea su fortaleza. Néxodos da nombre a una constelación de diferentes haceres, de diferentes lugares y diferentes subjetividades, y estos elementos se encuentran en relación de una manera más íntima y estrecha que la relación que pueda darse entre un trabajador y su trabajo o entre la cultura y los lugares de su producción. Es por esto que quizás sea más apropiado pensar Néxodos en su ocurrir, en sus dos “ocurrires” fundamentales, que en el cómputo ordinario del tiempo tuvieron lugar en 2017 y 2019. Al plantearlo así, en sus ocurrires, es posible, propongo, dar mejor cuenta ahora y en el futuro de la relación dada entre sus elementos.
Necesariamente, que las dos ediciones de Néxodos hayan sido celebradas en San Román, en el tipo de entorno al que solemos llamar rural, ya nos indica de alguna manera que las relaciones productivas e institucionales del arte contemporáneo están de algún modo siendo trastocadas o contestadas al menos. Esto sólo puede suceder de forma efectiva cuando esa salida que pide Malik para nosotros se da como abandono cierto, cuando el éxodo no es el de un centro metropolitano del arte en huida de descontento a la colonización de nuevas provincias para el reino, sino cuando la razón de este desplazamiento, aunque sea para una visita corta, es habitar ese espacio, real o figurado, al que se va. Con la organicidad que es propia de aquellos proyectos que tardan , que toman tiempo para darse y ofrecerse –la primera edición ocupaba sólo un edificio, la segunda fue entretejida con la urdimbre del pueblo– Néxodos ha sabido salirse de sí, se ha marchado del arte contemporáneo para irse al campo y con ello, premeditadamente o no, la organización de su trabajo ha tenido un aspecto reticular, de red, de líneas múltiples que se comunican con la especificidad de la tierra sin tomar la tierra como esencia. Además, como esta marcha no es un huida, no hay enfado. Uno se va en paz y ya volverá cuando quiera. Esto es, no está en pugna por querer suplantar al centro.
Néxodos, al tomar lo que ya hay en el medio en cuanto que está , ha establecido también lazos con otros proyectos afines. No sólo la organización del trabajo se aleja de las estructuras centrales del arte, sino que además, al reconocerse Néxodos como habitante verdadero de ese afuera del arte contemporáneo, se sitúa junto a quienes han iniciado esa marcha antes. No irrumpe ni aterriza, sino que reconoce lo que tiene ante sí y lo acompaña.
Esto no es excepcional y ess casi la norma en aquellas iniciativas artísticas que han emprendido el mismo camino, entrelazándose las colaboraciones de una manera que parece desvincularse de que denominamos la economía reputacional del arte. Al mirar en conjunto el mapa de la creación contemporánea en el medio rural, vemos que el sistema de poder del centro sobre la periferia –el grand tour Nueva York–Londres–Tokyo– queda revocado o en suspensión, dando lugar a una horizontalidad entre las partes que, por fuerza, altera la economía productiva e institucional del arte (aunque estén siempre a riesgo de recomponerse). Es en esta reticularidad de Néxodos y de proyectos afines donde se haya su potencial de resistencia y alternativa, reticularidad que no sólo se establece entre los agentes inmediatos del proyecto, sino también con las mismas gentes de San Román.
De la misma manera, esa actividad crítica debería apuntar a un tipo de conceptualización diferente de la relación entre arte y trabajo, entre lo ordinario y lo excepcional, entre el ocio y el negocio, pares de oposición cuya operatividad queda también en suspensión por darse en el afuera del arte –es fácil comprobar, al acudir a la propia historia del arte, que ésta es un aparato discursivo que premia lo urbano, que ella misma ha sido erigida como una historia del arte que en sí metropolitana, con alguna excursión puntual al campo desde la ciudad. Esto, en este año de barbecho en que Néxodos acaba de entrar, puede ser precisamente el desafío que se le asome por el horizonte: cómo mantener una reflexión y actividad crítica en el medio rural sin que se convierta en una sobre el medio rural, cómo hacer que textos como este y también otros artefactos del arte contemporáneo puedan mediar y ser utilizados sin recentralizar el proyecto, sin devolverlo por completo al lugar del que salió.
La explicación etimológica de la palabra country , “campo” en inglés, nos la ofrece Raymond Williams al final de The Country and the City . El término se había originado en el francés medieval y resulta verdaderamente increíble leer que designaba aquello que estaba en contra o a la contra de la ciudad. El campo queda definido negativamente, por lo que no es ciudad y, así, en la propia acuñación de la palabra quedó grabada la tensión primaria y vertical entre ambos espacios. El campo aquí se nos muestra, en su contenido etimológico, como una conceptualización desde lo urbano. Es por esto que hay algo así como una sospecha de encontrarse ante la llegada de lo central, de la metrópolis, del arte contemporáneo del que hay que salirse, cada vez que oímos hablar de ‘lo rural’, o cada vez que, inevitablemente, yo me he visto obligado en este texto a usar términos que a un pueblo como San Román le son ajenos. Quizás Néxodos pueda en ediciones futuras arrojar nueva luz sobre el estatuto del arte entre los haceres ordinarios, sobre cómo mantenerse al filo de la periferia sin ser engullido.