¿Fronteras?

La segunda mitad del siglo XX fue un ejemplo de unión entre naciones y fin de las fronteras. Y a eso ayudó el desarrollo de la globalización, la transformación digital y la aparición de uevas tecnologías.

Pero en este siglo XXI parece que hemos vuelto al pasado. Es paradójico que estando en el momento más digital y tecnológico de la historia, estemos más separados de lo que nunca antes hayamos estado. Tan sólo hay que abrir los periódicos para leer noticias sobre movimientos nacionalistas, líderes xenófobos, muros entre países o rechazo de inmigrantes. Como firmó Ferran Montesa (de ‘Le Monde Diplomatique’), “hoy seguimos hablando de esa aldea global, pero lo cierto es que hay más fronteras que nunca. En pleno siglo XXI, se construyen más muros de contención de los que jamás habían existido.” En este mundo hiperconectado, han vuelto las fronteras y parece que quieren quedarse.

En un contexto como este, se inaugura la primera Exposición Dual de la Red de Ciudades CreArt en la Sala 0 del Museo Patio Herreriano. Con el título ¿Fronteras?, la exposición presenta obras realizadas por Bettina Geisselmann y Ana Kovačić que reflexionan sobre cómo las fronteras nos afectan a nosotros y a nuestro entorno desde puntos de vista distintos.

Geisselmann, alemana de nacimiento pero residente en Valladolid, presenta la instalación Horizontes Transitables. Compuesta por 28 vidrios colgados del techo, la obra es una oda a las fronteras existentes en la actual Unión Europea y cómo estas han cambiado a lo largo de la historia. Su planteamiento es interesante. Cada una de las piezas de vidrio tiene marcados dos elementos visiblemente diferenciados: por un lado la frontera de algún país europeo en un momento histórico específico (dibujada con soldadura de estaño); por otro lado unas huellas más tenues presentes en el propio vidrio que representan fronteras aún anteriores de ese país. Todos esos trazos parecen cicatrices que han sido curadas y que, de alguna forma, forman parte de la anatomía de la Europa que hoy conocemos.

Si vemos toda la instalación desde fuera, como un conjunto, da la sensación de que vemos un mapa global del continente, sin orden espacio-temporal, en el que se respira continuidad y unión. Pero si andamos entre las piezas, nos convertimos en viajeros que pueden ver de cerca todas esas heridas pasadas (y ver no sólo cómo estas afectan al territorio -representado por el vidrio-, sino como afectan al resto de personas que caminan entre la instalación y cuya silueta se refleja en cada pieza). Lo bueno es que gracias a esa cercanía podemos darnos cuenta de la fragilidad simbólica de las fronteras que nos dividen: aunque la instalación parezca dura e impenetrable en su conjunto (representando la aparente resistencia de Europa), cada pieza está hecha de materiales delicados que en cualquier momento podrían romperse y estallar en pedazos.

La croata Ana Kovačić, por su parte, presenta en esta exposición su vídeo “Where is home”, que recoge testimonios de emigrantes croatas que cruzaron sus fronteras rumbo a Alemania en busca de un futuro mejor. La artista ha sido capaz de captar con su cámara la dualidad en la cual se encuentran muchos de estos emigrantes: quieren adaptarse al país en el que se encuentran sin olvidar la cultura de aquel lugar en el que nacieron. Eso provoca una serie de problemas evidentes: en primer lugar sufren diferencias generacionales (a los más mayores les cuesta integrarse mientras que los más jóvenes son ya parte del nuevo mundo); en segundo lugar padecen los rechazos sociales (para los locales no dejan de ser extranjeros que vienen de fuera y para sus amigos de la infancia son aquellos que se fueron y les dejaron atrás); y en tercer lugar conviven con sus conflictos interiores (muchos se debaten entre sus deseos actuales de mejorar en un país extranjero y los recuerdos pasados del territorio que les vio nacer y al que les gustaría volver). Esos problemas generacionales, sociales y mentales no son más que otro tipo de fronteras que, al igual que las fronteras físicas, crean cicatrices en las personas difíciles de borrar.

Ambas obras terminan de alguna forma dialogando para mostrar a los visitantes como las diferentes fronteras existentes (las geográficas, las sociales, las mentales y las generacionales) dejan cicatrices imborrables en los ciudadanos que las habitan. Nuestro pasado y nuestro presente, nuestra memoria histórica y nuestras vivencias actuales, marcan nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Naiara Valdano

Comisaria de la exposición

 

Horizontes transitables

La instalación plantea una reflexión sobre el concepto de frontera en el marco de la Unión Europea. Las fronteras tanto interiores como exteriores. Las vigentes y las latentes. Las administrativas y las culturales. Las objetivas y las subjetivas. Una estancia conformada por 28 piezas de vidrio suspendidas del techo, permite transitar desde la memoria a los anhelos de futuro, mientras interroga, en un juego de transparencias, sobre sus límites y su permeabilidad, como reflejos de nosotros mismos.

La idea de frontera, aquí desprovista de orden espacio-temporal, se materializa en líneas que flotan y abrazan diferentes partes de territorio, trazando un mapa orgánico que muta dejando huellas y cicatrices. Una topografía fragmentada y recompuesta inspirada en la filosofía del “kintsugi”, técnica japonesa usada para arreglar roturas bajo el principio de que las fisuras y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y nutren su esencia. La piel de Europa sitúa al espectador ante la realidad de lo interminable.

B. Geisselmann